CREENCIAS

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«Detrás de cualquier experiencia de malestar se esconde una creencia falsa y limitadora»

                                                                                                           Byron Katie

 

«Dime cómo ves el mundo y te diré quién crees que eres»

                                                    Aldous Huxley

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Una creencia no es más que un pensamiento al que estamos particularmente apegados, y que limita (o potencia) nuestra perspectiva. Y es que ante un mismo hecho podemos dar miles de interpretaciones distintas. Depende de nosotros decidir dónde queremos focalizar nuestra atención. Así, en nuestra mente albergamos creencias limitadoras -que nos inhabilitan para afrontar determinadas situaciones- y creencias potenciadoras, que nos insuflan confianza en nosotros mismos y en nuestras capacidades, lo que nos conduce a afrontar situaciones complejas con éxito.

Identificar nuestras creencias limitadoras y transformarlas en potenciadoras requiere un profundo ejercicio de auto-observación. Para lograrlo, lo primero es detectar la perturbación, como puede ser el enfado, el miedo o la tristeza. El siguiente paso es responsabilizarnos de la emoción que hemos creado al interpretar lo que nos ha sucedido de forma negativa. Para hacer consciente la creencia limitadora hemos de preguntarnos por qué creemos que hemos reaccionado de esa manera.

A partir de ahí, el ejercicio consiste en cuestionar y verificar si eso que creemos es verdad. Por poner un ejemplo, probablemente todos conozcamos a una de esas personas tan exigentes, perfeccionistas y susceptibles que se enfadan con facilidad cuando los demás no están de acuerdo con sus puntos de vista. En estos casos suelen sentirse criticados y juzgados, creando malestar en su interior. Al analizar detenidamente el por qué de esta reacción, suele aparecer la creencia de que «tienen que ser perfectos y tener siempre la razón para que los demás les acepten y les quieran». Y esta creencia es la responsable de que interpreten ciertos comentarios y opiniones como «críticas» y «juicios».

¿Qué es lo que este tipo de personas verdaderamente necesitan? La indagación les suele llevar a comprender que su autoexigencia, perfeccionismo y susceptibilidad son una consecuencia de no aceptarse y quererse a sí mismas tal como son. Y este es precisamente el aprendizaje que obtienen al cuestionar su sistema de creencias, viendo sus «problemas» y «conflictos» como oportunidades de cambio, crecimiento y evolución. 

Así, lo que creemos que es la realidad es una interpretación que hacemos de la realidad. De ahí que identificar y cuestionar nuestras creencias nos permita crear escenarios distintos, enfrentándonos a nuestros obstáculos diarios de un modo diferente al habitual. Por lo general, solemos reaccionar de forma mecánica e inconsciente ante un estímulo determinado y curiosamente, siempre esperamos un resultado diferente. El hecho de responsabilizarnos de nuestras interpretaciones rompe este círculo vicioso y nos lleva a un nuevo nivel de consciencia. Es entonces cuando comprendemos que creamos nuestra realidad a través de nuestras creencias.

Cuenta una historia que hace muchos años, un hombre muy sabio llegó a una gran ciudad para difundir sus enseñanzas. Viajaba acompañado por sus fieles seguidores, y al atravesar las enormes puertas de la muralla, se le acercó un discípulo que vivía en aquella localidad. «Maestro, debes tener cuidado. En esta ciudad te van a perseguir, insultar y demonizar», le advirtió, con cara de preocupación. «Los habitantes de este lugar son arrogantes, y no tienen ningún interés en aprender nada nuevo. Sus corazones están llenos de desconfianza y egoísmo». El sabio asintió, sonriente, y le respondió con tranquilidad: «Tienes razón». 

Al cabo de unas horas, apareció otro discípulo del sabio que también vivía en aquella ciudad. Se acercó a él, radiante de alegría, y le dijo: «Maestro, en esta comunidad te van a acoger con los brazos abiertos. Los habitantes de este lugar son humildes y anhelan escuchar tus palabras. Sus corazones están limpios y dispuestos a nutrirse con tu sabiduría». El sabio asintió de nuevo, sonriente, y de nuevo afirmó: «Tienes razón». 

Sorprendido por sus respuestas, uno de los discípulos se plantó delante del maestro y le preguntó: «¿Cómo puede ser que les hayas dado la razón a los dos si te están diciendo exactamente lo contrario?» Y el sabio maestro, 

impasible, le contestó: «No vemos el mundo como es, sino como somos nosotros. Cada uno de ellos ve a los habitantes de esta ciudad según sus creencias. ¿Por qué tendría yo que contradecirles? Uno ve lo negativo y el otro ve lo positivo. ¿Dirías tú que alguno de los dos ve algo errado? No me han dicho nada que sea falso. Solamente han dicho algo incompleto». 

Creamos lo que creemos.

La experiencia de nuestras vidas se basa en un programa que traduce las posibilidades a la realidad… si conoces el código, eliges las reglas.

El acto de mirar con la expectativa de ver algo, crea ese algo para que nosotros lo veamos.

Es preciso un acto de conciencia para hacer algo distinto.

Cada individuo es el arquitecto de su propio destino, quizás lo que necesitemos sea únicamente un pequeño cambio que nos permita tomar conciencia de que son nuestras propias creencias aquello que determina nuestra vida, la química de nuestras células queda modificada instante a instante por cada uno de nuestros pensamientos.

Escoge cuidadosa y sabiamente los mensajes que diariamente te diriges a ti mismo y diriges a los demás porque constituyen el alimento del que vayan a nutrirse tus células.

Que tu propio mensaje hacia ti mismo sea de flexibilidad, de aceptación, de confianza, de respeto y de amor, todo lo demás se alineará en esa dirección.

Somos los dueños de nuestro propio destino, capitanes de la propia alma, porque somos, ante todo, los dueños de nuestras actitudes. Éstas configuran nuestro futuro. Se trata de una ley universal.

Esta ley actúa tanto si las actitudes son destructivas como si son constructivas.
La ley afirma que convertimos en realidad física los pensamientos y las actitudes que albergamos en nuestra mente, con independencia de lo que sean.
Convertimos en realidad los pensamientos de pobreza con la misma rapidez con que convertimos en realidad los pensamientos de riqueza.
Sin embargo, cuando nuestra actitud hacia nosotros mismos es amorosa y nuestra actitud hacia los demás es generosa y compasiva, atraemos grandes y generosas parcelas de éxito.

                                                                   

 
 

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